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16-06-20 Prensa

Cuidarnos del virus sin olvidarnos de las personas

Por el Dr Gustavo Martín Petracca, médico neurólogo-neuropsiquiatra, Director Medico de INEBA

El "virus con corona" Covid-19 ha demostrado ser una amenaza de daño a la salud física de quienes lo contraen. Pero también ha atacado colectivamente nuestras emociones , inoculando temor, angustia, prejuicios y confusión, aún sin haber sido infectados.

 

Esta pandemia constituye un drama sanitario y social que nos puede encontrar como actores, ya sea en el papel de víctimas enfermas, guerreros de la salud o espectadores agazapados buscando protección en sus butacas (butacas más o menos cómodas, más o menos seguras).

 

Los grupos denominados vulnerables entran en esta categoría por su mayor riesgo, son aquellos en los cuales la infección ha tenido peor evolución y pronóstico, en base a antecedentes epidemiológicos. No se trata de un mayor riesgo a infectarse ni a contagiar, superior al del resto de la población. Las personas mayores están entre quienes más atención debieran tener por su condición de vulnerabilidad.

 

El virus no se mueve por sí mismo, sino que cualquier persona u objeto puede servir de vehículo para su propagación y contagio. Para tratar de evitarlo, están las medidas de "distanciamiento social" que ante la sospecha de contagio transmutan en "aislamiento" (etimología, de poner en una isla). En el caso de quienes denominamos "personas mayores" (mayores en años y experiencia de vida), las medidas de prevención establecen que no pueden salir y sugieren no recibir visitas. Ya llevan más de ochenta días en esa situación y no parece que esto vaya a cambiar en breve.

 

Para quienes se encuentran viviendo en residencias para adultos mayores, la situación se torna más crítica, con medidas de aislamiento que impiden el ingreso de familiares, visitas, talleristas recreativos y terapéuticos, para prevenir el ingreso del virus donde hay más concentración de personas de este grupo vulnerable.

 

Tal es el caso de la señora RG quien a partir de haber sufrido un golpe en su cabeza fue trasladada a una clínica para la realización de un estudio que descarte alguna consecuencia. Después de que se comprobó que el golpe no le había provocado ninguna lesión, debió permanecer internada y aislada en la clínica 14 catorce días, dado que RG encuadraba en la clasificación de "población sospechosa" de estar infectada por provenir de una residencia. Al regresar, también debió padecer otros 14 días de aislamiento, en este caso por provenir de un centro médico, dando cumplimiento a normativas sanitarias. Gran paradoja del prejuicio humano: la gente mayor que requiere mayor cuidado, se la considera "sospechosa", por lo tanto es aislada.


Los 28 días de aislamiento para confirmar que RG no estaba infectada y que no contagie a terceros, también confirmaron que ella ya no era la misma, ensimismada, angustiada y por momentos irritable. A la semana siguiente, festejó en la residencia sus 90 años sin infección alguna, pero tampoco tuvo la compañía ni afecto de hijos, nietos y familiares, ni la alegría que habría estado presente en tan importante acontecimiento.

 

Así, el adulto mayor, para quien el estímulo y la sociabilización son cruciales para su bienestar y salud psicofísica, padece el periplo de un náufrago sospechoso en cada isla en la que debe arribar en su trajinar de aislado (residencia para mayores e instituciones médicas).

 

Las necesidades de quienes atraviesan esta etapa adulta de la vida son visibles pero no miradas, y sus voces no llegan a ser escuchadas ; en cambio, se visibilizan con tinte sensacionalista y efímero cuando el virus logra invadir alguna residencia de adultos mayores más o menos blindada.

 

Mente y cuerpo son procesos mutuamente relacionados que nos constituye como humanos. En la actual pandemia predominaría cierto enfoque deshumanizado, con una exclusiva atención centralizada en un cuerpo enfermo a curar. Cuando toda mirada atraviesa únicamente el prisma infectológico, pueden quedar inadvertidas necesidades emocionales , de contención y sociales. No se trataría de antinomias sino de una mirada integral de la persona.

 

Sirva esta prueba existencial, en que la condición humana es interpelada en la necesidad de contemplar nuestra unidad cuerpo-mente, acompañar en el sufrimiento, atender las necesidades de los adultos mayores y nos acerque como sociedad en un sabio aprendizaje.


Fuente: La Nacion

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